Autor: Abdon Alan Carrillo Sarmiento (página 1 de 1)

Soy originario de Vicente Guerrero, Durango, México. Egresé de la Universidad Autónoma Chapingo, donde cursé la licenciatura en Economía Agrícola (2013).

Mi obra ha sido publicada en diversas revistas, entre ellas 'Salmón', 'Cisne', 'Nocturnario', 'Herederos del Caos', 'Trinando' y 'Puerta Blanca Ediciones', así como en los espacios digitales 'Molino de Letras', 'El Mechero', 'Chanate' y 'Literatlas'.

En 2018 fui seleccionado para una compilación del Concurso Nacional de Cuentos Campiranos Marte R. Gómez, organizado por la Universidad Autónoma Chapingo. En 2022 obtuve mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Infantil Becky Rubinstein.

Sebastián

Había que verlo, pálido, frente a un espejo que no lo reflejaba, como un personaje de la ilusión soñada por Borges, sin el alma de alguien que se levanta temprano, a la vida rutinaria, para descubrir que ya no existe; que siente frío, o que no siente, y que se ha inventado el frío como quien inventa a la memoria, a Dios, a un hombre llamado Sebastián que ya no existe, pero que sigue, intermitentemente, sintiendo frío a las cuatro de la mañana, un lunes de diciembre, un día que no volverá a repetirse nunca; sin el Sebastián que no volverá a ser nunca, ya, el mismo Sebastián que el tiempo construyó y destruyó para existir inexistente, mientras haga frío y mientras alguien diga “Sebastián” en algún lado, en algún pueblo, por equivocación, cuando alguien quiera decir otra palabra, “tierra” o “sombra”, “mar” o “derrumbe”, y en cambio diga “Sebastián” y solo entonces, Sebastián ya no volverá a sentir frío, ni hambre, ni la soledad con la que los Sebastianes nacen, ni volverá nunca a morirse, ni volverá nunca a estar triste, porque los lunes se llamarán «Sebastián», y los martes se llamarán «Sebastián» y los domingos; y todos los niños también se llamarán «Sebastián», todos nosotros nos llamaremos «Sebastián», nos cambiaremos el nombre por él, le cambiaremos el nombre a las cosas por «Sebastián» y solo así, Sebastián nunca habrá muerto, nunca se enterará de que se ha muerto, solo así se quedará entre nosotros hoy y mañana, ya sin miedo, sin ese temor de irse, de dejarse, de perderse sin nombre cuando nadie nos dice, nosotros siempre lo repetiremos, a diario, a lágrimas, “Sebastián”, “Sebastián”, diremos, ametrallaremos las paredes, las casas, con su nombre dicho, perpetuado, cansado de decirse, y solo así, y solo así, Sebastián nunca habrá muerto.

Instrucciones para olvidar a Valeria

1.- Respire profundo

2.- Aspire

3.- Sáquese el corazón con extremo cuidado

4.- Póngalo a secar al sol

5.- Use vinagre y alcohol al 75% para lavarse el pecho

6.- Con la mano izquierda, con índice y pulgar, quítese con cuidado la memoria, desconecte el cable rojo

7.- Si no hubo ninguna explosión, deseche la memoria, junto con pilas y materiales peligrosos

8.- Póngase el corazón

La pizca

—¿De mero dónde eres, güero? —me pregunta un nayarita alto, del tamaño de un árbol. Barbudo, de espaldas anchas. Burlesco.

—De Durango. Cerquitas de la sierra —le contesto con cierta timidez, mientras empezamos a rasgar la primera línea de árboles de manzana.

—Tienes manos de niña —me increpa. Se ríe. Los de la cuadrilla se ríen.

Le respondo con una falsa sonrisa. Escucho las indicaciones del jefe de la cuadrilla. El que me invitó al jale. Ismael.

—La reja va a salir a veinte pesos. Ya se la saben. Dejen las verdes. Salomón se las va a ir contando. ¡A chingarle, que hay mucho día!

Nos levantamos a las cuatro y media. Las huertas están en Guachochi. Nos dieron una bodega para dormir, para todo. Ahí nos acomodamos los ochenta y cinco que venimos de Durango.

Hace un madral de frío. No es fácil dormir y menos en el suelo.

Como garrapatas nos aferramos a los sleeping, a las cobijas. Nos repegamos todos. Pero el frío se nos encaja por todos lados.

Yo no conozco a nadie. Hay muchos del Mezquital y de Santiago. No hago plática con nadie.

Me dieron un rincón pegado a los baños. Estoy conforme, incómodo pero conforme.

La madrugada es mucho más fría que la noche. Las corvas me duelen, pero es mejor levantarse, echarse un café.

Hay diez mujeres que nos preparan frijoles con huevo. Afuera de la bodega dispusieron tres mesas. Una cocina improvisada.

Casi nadie se queja de la noche.

Todos comemos a prisa. Las camionetas ya están en fila.

—Súbanse donde quepan —dicen los choferes.

Los más vivos se van en la cabina. Los demás, nos volvemos a agazapar, en las cajuelas. El frío nos quema.

—¡Tienes manos de niña! —me vuelve a decir el que, ahora sé, se llama Genaro, mientras nos encontramos arrancando las manzanas—. Los demás se vuelven a reír. Ahora también me río.

Las manos se me engarrotan. Apenas son las seis y mis manos ya tienen llagas y ampollas. Llevo apenas dos rejas mientras que los demás casi el doble.

El día me parece demasiado largo, eterno. Veo a los árboles de manzanas interminables.

Apenas es la una de la tarde. Cuarenta y cinco minutos de lonche. Nos llevan unas tortas desabridas y refrescos. Alguien lleva un radio. Nos consolamos oyendo la 104.5, la estación FM de Chihuahua.

Suena una polka. El conductor saluda a un pela’o que se llama como yo, pero de Parral. Yo me meto en un pensamiento, imagino que soy ese canijo y no yo. Me imagino que estoy en Parral y no aquí, entumido, con las manos de niña.

—¡Vámonos, de regreso al jale! —grita Ismael.

Y todos, como hormigas, tomamos rejas vacías y nos colocamos bajo los manzanos, como si les rezáramos, como si les pidiéramos perdón por quitarles sus manzanas, olvidando momentáneamente que tendremos que regresar, más tarde, a una bodega helada y a un suelo demasiado duro.

Las jacarandas y Susana

Las jacarandas me causan una nostalgia terrible, casi de ahogo.

En bellas artes, los árboles alumbran los corredores de amantes, de vendedores, de hombres solitarios, ladrones y pordioseros.

Entre marzo y principios de octubre, sus flores ocultan el hedor de la ciudad. Sus flores se le clavan a uno, como hechizo, como agujas lilas para siempre.

Susana me citó en esa plaza, un cuatro de octubre. Las calles estaban vestidas, todavía, de imágenes alusivas al día de muerto. Alebrijes y cempasúchiles.

Me dijo que nos veríamos en la fuente de Poseidón, a unos metros del Partenón a Benito Juárez. Pero me lo dijo fría.

Yo no quise preguntarle nada. Me imaginé lo que sucedería.

Estaba en sexto de la universidad, en Chapingo. Susana había sido mi novia casi cuatro años, pero ella estudiaba en la UNAM.

Algunas veces nos encontrábamos en el Zócalo. Otras en Pantitlán, otras en Chapingo, o Santa Martha. En fin.

En Bellas Artes nos habíamos visto muchas veces. Ahí nos habían asaltado una vez sin que pasara a mayores. Ese día, como ya era tarde, a modo de artistas callejeros, pero momento inolvidable, me puse a recitar poemas, mientras ella me voceaba, como si yo fuera el gran artista número uno: “vengan, escuchen. Nunca escucharán nada más bonito, vengan y oigan”.

Yo tuve que tragarme la vergüenza. Con un público pequeño, de unas quince personas, cerré los ojos, me imaginé que estaba solo. Tragué saliva y recité dos poemas. El poema de los motivos del lobo y el de la luna.

Susana se encargó de pedir dinero con sus manos. “Lo que guste cooperar”, decía sonriente, divina. Divinamente hermosa.

Treinta y siete pesotes nos dieron. Con eso, ella pudo irse hasta su casa, allá por metro Chabacano. Yo, pude regresar a Chapingo.

Me citó a las tres de la tarde. Yo llegué antes. Era un sábado. Me senté en la fuente para tragarme a las jacarandas con la vista. Las últimas flores caían, dolorosas, tristes.

Un viejo se me acercó a venderme dulces, pero no le compré. Le pedí un cigarro.

Yo no fumaba en ese entonces, pero me pareció trágica la escena. Las flores de las jacarandas colisionaban contra el suelo. Los transeúntes pisaban y remataban a las flores y no sé, me pareció que debía fumar para contemplarlo.

Susana apareció puntual. La vi desde la distancia, cuando subió las escaleras del metro. Envuelta en un vestido blanco con encajes en la cintura, de una sola pieza. Con una bolsa azul cielo, pequeña. Zapatos de piso que combinaban con la bolsa.

Quise ir a encontrarla, pero supe que no debía. Todavía pude darle dos fumadas al cigarro. Sentí en la garganta lo agarroso del tabaco, me raspaba.

Dejé de contemplar a las jacarandas, pero temblaba.

Esperé a que se acercara. Ella no me miraba, caminaba con los ojos sobre las flores de jacarandas muertas. El saludo fue frío, demasiado frío.

Me puse de pie y me lo dijo: “Hay alguien más”.

Yo quise llorar, reclamarle, pero no lo hice.  No pude.

Del suelo tomé una flor de jacaranda que yo mismo había pisado y se la di y por el mismo camino que la había visto llegar, yo me fui.

Antes de bajar al metro, me guardé un puño de flores de jacaranda en la mano

Mientras transbordaba de Pantitlán a las micros que llegan a cines, fue inevitable no llorar.

Una señora, sentada al lado mío, me preguntó, cálida: “¿Qué le pasa joven, qué le pasa?”.

Y yo, con los ojos dilatados, lleno de un llanto callado, le enseñé mi puño abierto, le mostré las flores pálidas y le dije: “Las jacarandas, señora, las jacarandas”.